sábado 27 de junio de 2009

EL VERDADERO ABUSO DE LAS DROGAS

A: Fernando Fernández Savater




Pienso que la drogadicción, al contrario de lo que muchos creen, no es una enfermedad sino un síntoma. No hay que ser psicólogo ni siquiatra para saber que las personas que pretenden aliviar sus males y sus dolores existenciales consumiendo alucinógenos, estimulantes o sicoactivos no tienen dicho consumo como enfermedad sino como paliativo a dichos males y dolores, los cuales, les impiden vivir tranquilamente y que en últimas resultan ser su verdadero padecimiento: la soledad, la melancolía, la descompensación afectiva, el sentimiento de abandono, el deseo de evadir la realidad, el juzgarse incomprendido, las inestabilidades psíquicas, la desesperanza adquirida y la necesidad de dependencia, hacen que muchos recurran a pincharse las venas, llenarse los pulmones de humo o atosigarse el estómago de alcohol, no al contrario, como pretenden hacerlo ver los promotores de la cruzada antidrogas, quienes por lo general, ni siquiera conocen las implicaciones antropológicas, sociológicas, morales y médicas del tema.

Por otro lado, creo que hay que ser muy tonto para suponer que el daño causado por las drogas ilícitas es peor y más grave que el causado por las drogas licitas. El alcohol y el cigarrillo, por ejemplo, causan más desastres físicos y morales a quienes los consumen compulsivamente que la marihuana o la cocaína a quienes las usan solo para procurarse placeres momentáneos o casuales. Sin embargo la campaña mundial contra las drogas “ilegales” ha llegado al extremo de satanizar hasta tal punto estas sustancias y a quienes las consumen que cualquier alcohólico empedernido o cualquier nicotinizado impío se creen mejores personas que un marihuanero esporádico. Esto sin tener en cuenta que cuando se trata de vicios de consumo, tanto legales como ilegales, el supuesto victimario y la victima son la misma persona y por ende todo juicio moral y jurídico resulta filosóficamente inválido.

Todos sabemos que la “legalización” o “ilegalización” de la realidad es una estupidez, ya que lo que siempre ha existido, existe y existirá (hablo de lo que no ha sido creado por el hombre sino que hace parte de la naturaleza), rebasa los límites del autocomplaciente pero imposible control que los seres humanos pretendemos tener sobre el mundo. Llegar a ilegalizar la marihuana, por ejemplo, es tan ridículo como ilegalizar el mar, en el que se ahoga tanta gente, o el sol que quema la piel y mata a miles con el cáncer que provoca. La marihuana, el mar y el sol, son cosas que están ahí, independientemente de que nos gusten o no, y lo único que podemos hacer es informarnos sobre qué son estas cosas y cómo se vinculan, para bien o para mal, con nuestra condición de humanos. Además es justo entender que las drogas hoy prohibidas y perseguidas no fueron ilegalizadas por la cantidad de muertes que causaban, ni por el negocio criminal que representaban; fueron prohibidas por razones políticas, económicas o religiosas y después de prohibidas causaron muchas muertes, destrozaron muchas familias y dieron lugar al nefasto negocio del narcotráfico.

Además hay otra cosa que no debemos desconocer: la encarnizada y enceguecida lucha en contra de las drogas reproduce solo anhelos e intereses de tipo político, económico o religioso, no científico ni moral. Al fin de cuentas, uno bien puede consumir drogas de las consideradas ilegales como sedante o como coadyuvante en el tratamiento de dolencias físicas (tal puede ocurrir con la cocaína o la misma marihuana medicadas en algunos países) sin que esto se preste a reparos científicos; de igual manera debemos reconocer que consumir dichas sustancias únicamente por placer no es más que un acto de libertad y de autodeterminación que no debería admitir ningún tipo de replica moral ni jurídica siempre y cuando quien lo haga no perjudique ni dañe a nadie con su consumo. ¿Acaso hacer lo que uno quiere, sin dañar a otros, no es el derecho más indiscutible y respetable de los seres racionales y libres?

Es obvio que la despenalización (obviamente que lo más apropiado es hablar de despenalización y no de legalización) de las drogas ilícitas no solucionaría el problema de los endebles mentales y de los desadaptados a ultranza que encuentran en ellas un calmante a sus vacíos e inconformidades, pero al menos garantizaría la desaparición de la mafia, el gangsterismo, el traquetismo, la adulteración y toda la violencia estatal y civil que ha engendrado la lucha en contra de ellas a nivel mundial. Para ninguno con tres granos de sal en la mollera puede resultar desconocido el hecho de que nunca, ni un solo día desde que se prohibieron ciertas drogas, ha dejado de aumentar el negocio del narcotráfico y el número de crímenes y victimas con él relacionado.

Las drogas siempre estarán ahí y siempre serán usadas, ya sea como un tónico delicioso para los que dominan racionalmente el alcance de sus disfrutes y de sus placeres; o como un escape para los que no soportan la realidad o creen que solamente pueden soportarla dopándose. Creo que tanto los unos como los otros tienen derecho a usarlas, así como uno tiene derecho a tomar el sol achicharrador del medio día o a querer beberse el mar si le da la gana. Seamos sensatos: ¿Acaso existe alguien en este mundo que de verdad tenga el derecho a impedir que uno quiera remozar sus alegrías o sus tristezas atragantándose con vino; o que uno intente evadir sus angustias e incertidumbres fumándose de vez en cuando un “vareto”?. Al menos desde una perspectiva democrática y filosófica tenemos que responder con un rotundo e inapelable ¡No!

A los policías y demás controladores y supervisores del prójimo habría que recordarles constantemente que en una democracia de verdad su deber es prevenir y castigar los crímenes no perseguir los vicios y los hábitos individuales y que solo afectan a quien los practica. A los autoproclamados adalides de la loable lucha contra el sufrimiento ajeno habría que recordarles también que tienen derecho a ayudar, pero solo a quien voluntariamente les pide ayuda. Por eso los países que han despenalizado el consumo de drogas son los que al mismo tiempo más educan y previenen a sus ciudadanos sobre posibles consecuencias nefastas que puede acarrear su abuso, pero sin llegar a prohibir su uso ni a imponer tratamientos, ya que esto es un atentado contra las libertades individuales.

En conclusión, habría que reconocer que el verdadero abuso de las drogas lo cometen quienes las persiguen y proscriben, no quienes las consumen. Si un consumidor abusa del alcohol, por ejemplo, el problema no es del alcohol sino de quien no sabe ponerle las debidas talanqueras a su libertad a la hora de consumirlo. Aprender a ponerlas es un asunto eminentemente educativo, nunca, bajo ningún punto de vista, punitivo. Además, hay que reconocer que las drogas han acompañado a los hombres desde la antigüedad más remota y resulta ridículo suponer que van a desaparecer en el momento histórico en el que es más fácil producirlas y adquirirlas. Esto quiere decir que lo más sensato es aprender a convivir con ellas, sin traumas, sin prejuicios, sin contravenciones farisaicas y puritanas, sin tentaciones diabólicas y sin prohibiciones arbitrarias. Como dice Fernando Savater, quien tanto se ha ocupado de este tema a través de sus artículos periodísticos en el diario El País de España y de quien he tomado algunas de las mejores ideas aquí expuestas: “A las drogas les sobran mecenas, exorcistas, árbitros y curanderos... pero les faltan desmitificadores”.

jueves 11 de junio de 2009

LA IGLESIA CATOLICA SE MUERDE LA COLA


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No es necesario leer las cuatrocientas páginas del libro La Vida Sexual del Clero, en el que el filósofo social y periodista español Pepe Rodríguez nos muestra y demuestra como el 95% de los sacerdotes católicos que han sido investigados, encuestados, expiados, delatados, procesados, condenados, etc., terminan reconociendo que vivencian de una u otra forma (a veces de varias) su natural instinto sexual. El otro 5%, según se deduce, son los sacerdotes (¿los habrá?) emasculados, mutilados, o eunucos físicos y mentales (dígase tarados impotentes) quienes, en la práctica, todos sabemos, difícilmente llegan a monaguillos o sacristanes de capilla lejana y pobre.

La Iglesia Católica, debería reconocer ya, y para siempre, el derecho a vivenciar libremente y sin impedimentos distintos a los legales, la sexualidad de sus sacerdotes. De lo contrario va a tener que exigir la castración física, además de la mental, como requisito parcial a cumplir por los novicios y seminaristas verdaderamente interesados en consagrarse como apóstoles de Cristo.

Si los curas al menos pudieran casarse, tener hijos, novias y amantes (no importa que sean las novias y las amantes de sus hijos) muy seguramente se evitarían estos escándalos y las millonarias indemnizaciones que hoy la Iglesia Católica tiene que pagar a esas, a veces no tan inocentes, victimas de pederastia y seducción, que muchos de sus predicadores, ahora y siempre, han llevado escondidas debajo de sus sacrosantas sotanas o hábitos.

Obviamente que seguirían siendo igual de fariseos, charlatanes, embaucadores, vividores o simplemente ingenuos como son ahora que no pueden casarse (y no precisamente por ello), pero al menos, se rebajaría ostensiblemente en número de curas depravados, reprimidos, violadores y acosadores de niños. ¡Ensotanados garavitos! ¡Vergüenza para Nuestro Señor Jesucristo! Con razón ya hay quienes dicen que Dios es cristiano pero nunca católico ni protestante, pues con los pastores protestantes es igualito, lo que pasa es que estos son aún más solapados y cuando acosan a alguien por lo general es a alguna de sus sometidas siervas, hermanas o hijas.

Claro que si se aboliera el celibato al que definitivamente le iría muy mal seria al Santo Papa Benedicto XVI, pues la única que se hubiera atrevido a acostarse con este arrugadísimo adefesio purpurado, atollado en oro y diamantes, se llamaba Ana Nichols, un impúdico y desenfadado “bombón”, quién muy seguramente, se hubiera muerto de lo mismo que se murió hace poquito: de una sobredosis, pero de asco.

viernes 8 de mayo de 2009

SOBRE POESÍA, POETAS Y ENGREIMIENTOS



Poeta: mientras no te sangre el cuerpo,
¡que sangren tus muchas susceptibilidades!

Rubiano Leiva


Una de las razones que tengo para detestar la poesía o al menos aquella proclamada como tal por falsos oficiantes, tiene que ver con mi natural indisposición hacia todo lo que contenga visos de grandilocuencia y solemnidad. Y creo que no hay gente más solemne que los poetastros, esos pedantuelos ridículos, engreídos insufribles, tartufos de la palabra, quienes refugiándose en el hecho de no tener la obligación moral de persuadir ni el deber intelectual de fundamentar lo que dicen o escriben, simple y llanamente, dicen o escriben lo que les da la gana y luego exigen que uno los alabe y aplauda, pues si alguno se aventura a afirmar algo en contra de sus inspirados balbuceos, inmediatamente y de manera compensatoria ante sus endebles egos, quien se atreve a tal afrenta, es convertido en un tonto, un ignorante o un incauto que no sabe nada de arte y cuya escasa sensibilidad no le permitirá jamás deleitarse con lo verdaderamente bello y sublime, que al parecer es patrimonio exclusivo de este tipo de bardos… algo parecido a lo que ocurre con los fanáticos “creyentes”, para quienes los ateos no somos otra cosa que necios embriagados por la estulticia y la temeridad, razón por la cual jamás podremos disfrutar los deleites que depara el paraíso.

¿Cómo rebatir a un poetastro?, no hay forma, es imposible, ya que su poesía está exonerada de cualquier puesta en entre dicho o discusión; su poesía es algo sencillamente inapelable, se le odia o se le ama y basta, ya que en sus elaboraciones inspiradas por no se sabe qué fuerzas trascendentales y sobrehumanas (tal vez las mismas fuerzas que han inspirado a los mesías y profetas auto engañados de todos los tiempos), no es necesaria la lógica del discurso ni la racionalidad de las ideas. Para que un pseudopoema sea considerado bello, no necesita ser comprendido, entendido o interpretado, ya que la poesía, como cualquier otro cosmobalbuceo, es inmune a toda hermenéutica. Aún, ni siquiera se necesita que exista congruencia entre lo que el falso poeta dice o piensa y la realidad que viene al caso; ya que al igual que la religión, la poesía (metafísica del lenguaje cotidiano) puede con todo lo que este tipo de poeta quiera decir, sin llegar a sentir jamás el escozor y el ofuscamiento de presentirse equivocado. Puedo asegurar que casi todas las estupideces que he dicho y hecho en mi vida las he dicho y hecho inspirado por los eructos poéticos de estos “inspirados”.

Omar Ortiz, a quien prefiero como director de revista, divulgador cultural y articulista de tabloide, antes que como poeta, cita en una de sus tantas apologías a la agobiante obra de Juan Manuel Roca (la que a mí, personalmente, me produce vértigo) a un tal Roberto Juarroz ¿Quién es Roberto Juarroz?, para quien la poesía dizque “consiste en crear más realidad, agregar realidad a la realidad…la poesía es el mayor realismo posible, aunque los incautos, los ignorantes y los necios (de los cuales el que escribe esta nota sería un gran ejemplar) la consideren una abstracción, una evasión o una veleidad subsidiaria (yo diría una estupidez)…”

Si el tal Juarroz habla como supuesto poeta (creo que solo un pseudopoema podría contener tal sandez y sin embargo quedar completamente inmune), no hay nada que hacer, no existe manera de rebatirle: ¿Qué se le puede decir al “poeta” si para él, el que piensa lo contrario es un incauto, ignorante y necio? Ahora bien, si eso no es un poema sino una simple y desafortunada aseveración filosófica entonces sí habría forma de controvertir tremenda desfachatez, ¿cómo?, pues con la filosofía misma ya que apelando por ejemplo a la epistemología y a la lógica más elementales se puede decir que el discurso metafísico en cualquiera de sus formas, ya sea religioso, poético, mitológico, etc. no tiene nada que ver con la realidad, no agrega nada a la realidad sino que más bien denigra, abdica de ella, enturbiando sus aguas para hacerlas parecer más profundas.

Todos sabemos que los falsos poetas al igual que los místicos y demás mitómanos auto engañados, no son otra cosa que almas descompensadas e inconformes, incapaces de aceptar que la realidad se haya estructurado sin pedirles ningún consentimiento y que por eso a toda hora quieren introducir en ella arbitrariedades y caprichos subjetivos que les permitan sentirse dueños de algún aspecto de ella para así poder controlarlo a sus anchas… a quien no le gusta la realidad del caballo no le cuesta nada convertirlo en unicornio o pegazo, de la misma manera que al que no le gusta aceptar su familiaridad con los simios le parece verídica la historia de los ángeles caídos.

Y es que los impostores de la poesía suelen ser los más grandes enemigos de la realidad (su realidad) tal vez esto tenga alguna relación con el hecho de que casi todos ellos suelen ser físicamente deformes y contrahechos y encuentran en el lenguaje rebuscado y la “cháchara” sublime y celestial un paliativo a sus propios desajustes y tragedias personales (cualquier parecido con los religiosos es más que simple coincidencia). Creo que la tragedia del poetastro consiste precisamente en no haber sido dios para así poder haber hecho que la realidad se constituyera a imagen y semejanza de sus caprichos y veleidades. Estoy seguro de que un hombre esbelto y hermoso, afortunado en todas sus concupiscencias, tremendamente correspondido en el amor y en sus demás requerimientos instintivos, jamás escribiría esta clase de poemas.

O si no, leamos esta joyita escrita por mi mejor amigo, Rubiano Leiva, quien desgraciadamente a demás de físico y matemático también es “poeta” y, al parecer, no es que se sienta muy a gusto por ello:


¡Mal nacido y malogrado poeta!
¿A dónde vais sin musa y sin alegría?
¿A dónde te lleva tu malversada razonabilidad y tu raciocinio descabellado?

¡Malparado y avezado poeta!
¿A dónde vais con tu humanismo de sarna y de miedo?
¿A dónde llevas tu asco de riza seria y de negro bufón?

¡Malnacido, avaro, pedazo de carne!
¿A qué jugáis con tus medianías y extremos?
¿A dónde vais zopilote nocturno, leproso de amor?

¡Malogrado, cínico y apodado poeta¡
¿Con qué flores malditas acuñáis y levantáis tus tratos?
¿A dónde vais con tu ceguera cerebral y tu arritranco desperado?

¡Avezado poeta, pedazo de carne maloliente!
¿A caso te secunda la condena de un gen sobrehumano, y te deslizas morriñero por un valle de monos miserables, para atosigarte con sus pútridas carnes?

¡Poeta de peldaño, gentil malnacido!
¿Por qué te anudáis a la cola de los zoohumanos y te cocináis en sus odres doctrineras y malditas?
¿Por qué te consumís con los vicios del sistema y te perdéis cual sucio harapo entre las hendiduras o siesos del universo?

¡Malparado hijo de la sorna, bribón sañudo!
¿A dónde lleváis tus palabras ponzoñosas, y tu anquilosado lenguaje de castos y de impíos?
¿Con que deliquio de vida o de muerte has soñado y soñáis?

¡Deshuesado poetica, bardicida palabrero!
¿A qué tierra ostentas y a que viaje te encaminas?
¿Por qué, para qué y por quién?
¡Calla… es mejor que calles… pedazo de carne!


Apelo a este poema con el previo asentimiento del autor, que si bien escribe poesía jamás la publica por su propia cuenta.



Como podemos ver, este tipo de poesía da hasta para que los mismos poetas se muerdan la cola. Puede suceder que algún poetastro ofendido (algunos de ellos corporizan hasta tal punto su vocación poética que cualquier insulto a la poesía la convierten en un atentado contra ellos mismos) podría venirse lanza en ristre contra este artículo (o contra el que lo escribe) y bien podría yo replicarle cínicamente: no me haga caso, no escribo como filósofo, lo hago como anti-poeta… y todos quedaríamos contentos, al fin de cuentas la poesía y su contraria, puede con todo.

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LO QUE ES POSIBLE Y LO QUE ES REAL


Uno de los argumentos más comúnmente usados en contra del aborto se fundamenta en la ilógica y disparatada identificación entre lo que pertenece a la esfera de la posibilidad y lo que es la realidad en sí. De la manera más desenfadada, se arguye, por ejemplo, que si la mamá de Beethoven lo hubiese abortado, entonces no podríamos hoy día escuchar con deleite y asombro su Quinta Sinfonía; como si, desde que éste era un feto, dicha obra ya estuviera compuesta y arreglada por él; ó, como si pudiésemos tener idea de una Quinta Sinfonía nunca compuesta porque su autor fue abortado. Con esa misma ilógica podríamos concluir que las mamás de Hitler o de Stalin debieron abortarlos ya que los dos eran unos fetos psicópatas y asesinos de masas que le causarían grandes males a la humanidad.

Si hacemos algo de análisis crítico de estos dos conceptos, nos podemos enterar que posibilidad no es otra cosa que eventualidad, contingencia, accidentalidad, es decir, algo que podría llegar a suceder pero no necesariamente. Todo huevo fecundado es la posibilidad de un pollo y toda semilla de almendra es la posibilidad de un árbol de almendro, pero sería tonto decir que cuando se frita un huevo se está fritando vivo a un pollo, ó, que cuando se mastica una almendra se está masticando un frondoso árbol de este delicioso fruto.

De la misma forma, aunque a los más susceptibles les parecerá anatematizable, un feto no es más que un embrión fecundado y no es un ser humano como pretenden mostrarlo algunos piadosos; es solo la posibilidad de un ser humano, que es muy distinto. A ser humano se llega a través de un largo proceso que implica nueve meses en el vientre de la madre y muchos años de contacto con otros seres humanos después de haber nacido; a través de dicho contacto, otros humanos le contagiarán eso llamado humanidad, y serán precisamente éstos otros humanos los que darán testimonio de los méritos de dicha humanidad obtenida. De idéntico modo, a ser pollo se llega después de haber cumplido un tiempo preciso en el nido, ó, a ser árbol después de mucho sol y agua en el invernadero. Por eso resulta ilógico y contradictorio identificar posibilidad con realidad hablando de humanos, pollos o árboles no nacidos.

La realidad, en cambio, es lo que existe ahí, ante nosotros e independiente de nosotros, de manera tangible y concreta, muy a pesar de poder no haber existido. La realidad es la posibilidad concretizada, realizada, cumplida. Y sin embargo la realidad, en sí misma, sigue llevando su carácter accidental y contingente, es decir, nos permite entender que si bien existe, bien podría no haber existido, ¿pero eso a quién le importa? Lo más grandioso y maravilloso de Beethoven, de un pollo o de un almendro, es que pudieron ser realidad muy a pesar de no ser necesarios, ni ineludibles ni obligatorios.

Toda la alharaca que se levanta en contra del aborto y en procura de defender la supuesta humanidad de los fetos no es más que el artificio y la impostura de una parranda de ilógicos que en vez de defender la dignidad y los derechos de quienes existen realmente (y que son los únicos que en verdad necesitan ser defendidos), se dedican a abogar por la dignidad y los derechos de quienes solo existen como posibles. Imagino que este tipo de absurdos apologistas de la posibilidad no realizada, jamás comen huevo ni mastican almendras. Aunque no faltará el que arguya que la dignidad de la contingencia humana está por encima de la de los animales y de las plantas… y yo, simplemente, le pediría pruebas de ello.

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martes 21 de abril de 2009

¿JESUCRISTO CASADO?


Dos inquietas estudiantes, de esas que son más filósofas que cualquier profesor de filosofía, me han hecho tres preguntas, tan interesantes y controversiales, que ahora les quiero responder a través de estas páginas, no para aventurar opiniones conclusivas ni dogmáticas (que para eso están los curas y los pastores de toda laya), si no para dejar estos interrogantes lo más abiertos que sea posible, de tal manera que otros, por su propia cuenta y riesgo, porque de eso se trata la libertad de pensamiento, también se atrevan a responder y a seguir preguntando.

1. ¿Puede el hombre vivir una vida plena y satisfecha sin creer en un dios?:





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Por supuesto que si, porque la razón, cuando es bien utilizada (de eso se encarga una buena educación), es suficiente para que un hombre llegue a vivir con rectitud y con cordura toda su vida. Y son precisamente la rectitud y la cordura los dos únicos requisitos para acceder a la alegría, máxima aspiración de un hombre verdaderamente inteligente. La alegría de vivir la vida a plenitud aún sabiendo que tarde o temprano se la va a perder y muy a pesar de tantas vicisitudes y tragedias que a diario nos presenta el hecho natural de existir.

Nunca he podido concebir la vida eterna ni la felicidad absoluta, pues me parece algo contrario a la naturaleza humana, la cual es efímera y vulnerable por esencia, pero en cuya contingencia y vulnerabilidad radica la posibilidad de hacer cosas que lleguen a trascender la propia muerte quedando en la memoria de los que continúan vivos después que uno vuelve a la nada, de donde, por azar, vino a disfrutar de una pequeña fracción de vida: único momento en el que se interrumpe la verdadera eternidad. Además, hay que recordarlo siempre: no importa si se cree o no se cree en un dios, si se cree o no se cree en un supuesto paraíso después de la muerte; lo que importa es cómo se vive en el acá, en la vida, ya que todo en el allá, después de la vida, por excitante y misterioso que nos lo puedan hacer ver los escatólogos; por prometedor y hermoso que resulte en boca de los portavoces de lo sobrenatural, no es más que desvarío y fantasía, pues a esos lugares, fuera de todo lugar, uno solo puede ir muriendo y la muerte nunca ha sido tiquete para ningún viaje... para viajar se necesita estar bien vivo... porque en caso de mareo...


2. ¿Estoy de acuerdo con el homosexualismo?:




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Estoy de acuerdo con la vida tal y como es, llena de aparentes defectos y de realidades contrarias a nuestros gustos, convicciones o creencias. La vida siempre será como es y no como nosotros queramos que sea. La homosexualidad es algo tan natural como el tsunami que mata miles de personas, el volcán que explota, o la mariposa que antes de volar se nos presenta como un feo gusano. Si estas cosas no nos gustan, el problema es nuestro, no de la naturaleza que las hace ser así. La intolerancia de los seres humanos ha hecho que algunos (casi siempre esos fastidiosos personajes autoproclamados envidos de la divinidad) se arroguen el supuesto derecho de dictaminar lo que es normal o no entre los hombres. A mi eso me parece inaceptable, atrevido e injusto. Lo único que no se puede tolerar jamás es que alguien quiera hacerle daño a otro, abusando de la fuerza, la autoridad o del poder (cosas que siempre serán convencionales y subjetivas y por ende deleznables), por lo demás todo debe ser aceptado como algo natural. El autoritarismo, el dogmatismo, el fanatismo, la intolerancia, el egoísmo y otras muchas lacras como estas han hecho que no solo los homosexuales si no también los negros, los indígenas, los gitanos, las prostitutas, los emigrantes y los pobres del mundo entero la hallan pasado hasta ahora demasiado mal. Nadie es homosexual por que le da la gana, de la misma manera que ninguna mujer aborta “cagada” de la risa o que ningún pobre o enfermo lo es por simple capricho. La cuestión es mucho más profunda de lo que los fariseos y los estúpidos morales de todo el mundo han creído y siguen creyendo... ¡pero es que juzgar y perseguir a los diferentes es tan fácil!... lo difícil es aceptarlos como son y amarlos como iguales, aún sabiéndolos diferentes ¿Acaso no era eso lo que se supone enseñaba el verdadero Jesucristo al andar con Esenios, Nabateos, Naboríes, Fariseos, Samaritanos, Saduceos, Zelotas, ladrones, prostitutas, recaudadores de impuestos y demás “indeseables” de la época?.

3. ¿Pudo Jesucristo no ser casto, y más bien haber sido casado?:
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En estos días se ha suscitado una gran polémica mundial en torno al hecho, muy posible por cierto, de que Jesucristo hubiese sido casado con María Magdalena. Yo agregaría algo más a la polémica: ¿Qué tal que María Magdalena haya sido la misma prostituta de la que habla el evangelio, esa a la que los apóstoles reprendieron por haberse gastado una gruesa suma de dinero en el perfume con que lavó los pies del maestro para luego secarlos con su propio cabello?. ¿Se imaginan al hijo de dios no solo casado, si no también (“anatema est”) casado con una prostituta? La verdad es que en ese tipo de Jesucristo, por retorcido e inaceptable que parezca a la rancia y escrupulosa ortodoxia cristiana, es precisamente en el que a mi me gustaría creer si algún día llegara de verdad a creer en dioses o en hijos de dioses enviados a salvar el mundo... pues, un dios así, sería verdaderamente grande, al redimir en matrimonio, como iguales a los hombres (quienes siempre hemos sido unos putos), a las tan menospreciadas prostitutas. Un dios de esta índole, me parecería, simple y llanamente, adorable... frente a él me arrodillaría.

Siempre me he preguntado: ¿Por qué Jesucristo tendría que haber sido virgen?. La realidad nos muestra que el hecho de ser virgen no significa si no eso: que una persona no ha tenido relaciones sexuales con otra. Eso y nada más. Me parece que la virginidad no agrega ni quita nada a nadie. Es decir, una mujer o un hombre no son ni mejores ni peores personas por el hecho de conservarse castos. Una mujer, por ejemplo, puede muy bien ser virgen y sin embargo ser malvada, llena de mezquindad, de hipocresía, de mentira, de represión, de envidia y de rencor hacia los demás. Por el contrario, como bien lo pinta el mismo evangelio, una prostituta, con todo y sus muchos hombres, bien puede merecerse el paraíso. El problema no es si se tiene sexo o no, pues tarde o temprano (ahora más temprano que tarde) todos los seres humanos, sin excepción, terminamos teniendo sexo y eso me parece tan natural como el alba o el atardecer; el problema es con quien y cómo lo tengamos, pero ese es otro cuento.

Toda la vida me ha parecido extravagante y contraria a la razón la manía que tienen casi todas las iglesias de ver el sexo (y todo lo relacionado con el placer corporal) como algo terrible, cuando la verdad es que lo terrible son otras cosas (nada sexuales) que constantemente nos hacemos los unos a los otros, a veces, en nombre de creencias caprichosas e inhumanas, algunas de ellas muy religiosas por cierto. El único problema del sexo tiene que ver con sentimientos, higiene y salubridad, pero eso es un asunto que las personas inteligentes y prácticas terminan manejando a la perfección y se supone que Jesucristo (en el caso de que tal personaje de verdad hubiese existido) era todo esto y mucho más al mismo tiempo.

jueves 2 de octubre de 2008

EL PLACER SEXUAL DE NUESTROS HIJOS


¡Es cierto!, somos demasiado mojigatos para aceptarlo: ya sea que por ingenua autocomplacencia nos creamos ángeles caídos o que nos aceptemos resignadamente como insignificantes simios evolucionados, el placer sexual siempre nos será tan connatural como el hambre, el cansancio o la sed. No en vano los romanos lo llamaron “apetito sexual”. Pero más que mojigatos resultamos insensatos cuando no somos capaces de reconocer aquellas consecuencias o efectos que la consecución u obtención de dicho placer puede acarrearnos, ya sea para bien o para mal, y que están íntimamente ligadas a la manera como funcionan las cosas en la naturaleza. Creo que no existe una ignorancia más perjudicial, tanto para uno como para quienes le rodean, como la ignorancia sexual.

Con nuestros hijos deberíamos ser lo más claros, honestos y precisos a la hora de tocar este tema. Hay que empezar por mostrarse de acuerdo con su derecho al disfrute del placer corporal, pero sin dejar de evidenciarles aquellas cosas que nos ofenderían como padres y que tal vez podrían dañar a otros y que son consecuencia directa del ejercicio libre y voluntario de tan estimado derecho. A mí, por ejemplo, que no me considero mojigato, me molestaría sin embargo encontrar a mi hija adolescente con otro (otra) adolescente yaciendo en mi cama. Aunque un aforista muy famoso por lo guasón y desenfadado llegó a decir que la única ofensa sexual que un hombre de verdad no debería tolerar es la de llegar a la casa y encontrar en su cama al amante de su esposa acostado con otra mujer…

Deberíamos ser sinceros y reconocer que la mayoría de las personas que ahora somos adultas resultamos, cuando traemos a colación este tema con nuestros jóvenes, bastante puritanos, prejuiciados e hipócritas. Eso sí, cuando de reivindicar nuestro placer se trata practicamos aquello que Estanislao Zuleta llamara “la no reciprocidad lógica”, consistente, en este caso, en ser bastante relajados, permisivos y acomodados a la hora de justificar y de explicar nuestros goces y disfrutes sensuales, y por otro lado, mostrarnos autoritariamente rígidos, prohibitivos y puntillosos a la hora de abordar el goce y el disfrute de los demás, especialmente si éstos son nuestros hijos adolescentes. Los seres humanos, desgraciadamente, somos así de hipócritas y de fariseos, pero algo podemos hacer al respecto si lo abordamos filosóficamente.

Si la miramos racionalmente, debemos aceptar que la práctica de nuestra natural sexualidad trae consigo consecuencias físicas y psicológicas muy buenas, y algunas, sobre todo en determinadas circunstancias o edades, muy malas, como por ejemplo, los embarazos indeseados, las enfermedades venéreas y el SIDA; sin mencionar algunas tan desconcertantes e incómodas como la de terminar perdidamente enamorados de cualquier cretino o cretina, simplemente porque hemos confundido el placer que nos proporciona su cuerpo con el interés que debería suscitarnos su ser. Entre las consecuencias buenas me atrevo a mencionar las más exaltadas por los pensadores a través de la historia, verbigracia, la fantasía poética, la ardiente pasión, el desfogue de las pulsiones, la ejercitación de los músculos (incluyendo el corazón), la mutua contemplación estética del cuerpo, las caricias, los besos, los abrazos, el afecto, la confianza (nadie, a excepción de borrachos y tontos, se desnuda frente a alguien que no le inspire la necesaria seguridad); todo esto sin contar con el hecho innegable del desarrollo y la madurez física y psicológica que en la gran mayoría de personas engendra la sexualidad cuando es vivida desprejuiciada y voluntariamente.

Yo fui educado por padres, profesores y curas que siempre me mostraron la sexualidad como algo sucio, pecaminoso, enturbiador del espíritu y embrutecedor de la mente. Por eso, en mi atormentada adolescencia, cada vez que me masturbaba o que experimentaba deseo sexual, me sentía religiosamente arrepentido y biológicamente rastrero y pernicioso. Por fortuna, la estupidez y la cortedad de perspectiva de la que hacían gala mis mayores, las logré mitigar poco a poco en la medida en que iba leyendo todo tipo de ensayos y de tratados acerca de la sexualidad humana; llegando a conocer desde muy joven muchos de los más importantes pormenores físicos, psicológicos, estéticos, lúdicos y morales que ésta dimensión constitutiva del ser del hombre encarna. Todo esto, aunado a la firme convicción de que la sexualidad ha sufrido una desafortunada tergiversación a través de los tiempos gracias al fanatismo, la intolerancia y la doble moral que son esenciales al judeocristianismo, me ha convertido en un empeñado defensor del derecho que todos los seres humanos, sin excepción, tenemos de obtener placer sexual a través de todos los medios, siempre y cuando no se llegue a perjudicar a nadie.

También la vida cotidiana se ha encargado de mostrarme cuan equivocadas estaban y siguen estando las personas puritanas y que miran con recelo y suspicacia sus naturales apetencias carnales. Y es que la filosofía y la ciencia no solo han probado como funcionan las leyes y los principios que rigen nuestro universo si no que nos han demostrado que no podemos sustraernos, bajo ningún punto de vista, al cumplimiento de esas leyes y principios. Es una ley natural, categórica e irrebatible la que nos lleva a buscar el placer a partir de los impulsos de nuestro cuerpo animado por la vida y por el deseo de perpetuarla. Éste deseo, que por cierto no solo es sexual si no que también abarca otras dimensiones, acrecienta las posibilidades de hallarle sentido a nuestra condición de mortales efímeros y contingentes quienes tarde o temprano (casi siempre más temprano que tarde) deberemos morir, esto es, volver a la verdadera eternidad que es la nada, de la cual vinimos por azar a disfrutar una pequeña fracción de existencia, que por cierto no valdría la pena sin orgasmos.

Que bueno seria que los seres humanos dedicáramos más tiempo a procurarnos placer y menos tiempo al chismorreo, a la envidia, al rencor, a la violencia, a la intolerancia, a la corrupción y a la mentira. Ojala que esta generación que ahora se está preparando para reemplazarnos como futuros adultos, sea lo suficientemente educada como para poder expresar con sus propios actos la firme convicción de que el placer sexual de sus hijos nunca podrá ser motivo de insultos, humillaciones y maltratos; siendo capaces también de enseñarles a vivenciar su sexualidad de la manera más placentera y divertida, pero a la vez, más responsable y sensata que les sea posible.

Dentro de esa sensatez que deberíamos trasmitirles a nuestros hijos está la de reconocer la igualdad en la condición de los géneros, de tal manera, que los futuros adultos puedan comprender la mezquindad que históricamente ha acompañado la actitud machista de los hombres capaces de buscar y obtener placer con todas las mujeres pero totalmente incapaces de reconocer en las mujeres el derecho a buscar y a obtener placer en todos los hombres.

Sigmund Freud, tal vez el pensador que más tiempo de su vida productiva dedicó al estudio de la sexualidad humana, llegó a la conclusión de que una persona sexualmente satisfecha no sería capaz de torturar ni siquiera a una mosca. En un país como Colombia, en el que los prejuicios y la mojigatería sexual han sido imperantes, podríamos, siguiendo a Freud, deducir que la violencia y la intolerancia que en él acontecen, están directamente relacionadas con el hecho de que quines las practican y promueven no son más que unos “malcogidos”.


miércoles 10 de septiembre de 2008

HOLOCAUSTO PARAMILITAR


Los que tuvimos la oportunidad de ver recientemente Contravía, el excelente programa de crónicas y reportajes que dirige y presenta el talentoso periodista Hollman Morris, en uno de los canales públicos (por cierto e infortunadamente muy tarde en la noche); nos quedamos estupefactos al escuchar el testimonio de un joven combatiente paramilitar reinsertado, que sin ningún miramiento y sin evidentes asomos de vergüenza, y mucho menos de arrepentimiento, contó a los televidentes como algunos de sus compañeros descuartizaban vivas a sus victimas: a las mujeres después de violarlas y a los hombres de torturarlos con todo tipo de oprobios; eso sin mencionar cómo decapitaban a los niños. Y esto no es todo, lo más macabro y repugnante fue cuando narró la manera como algunos de sus instructores cortaban el cuello de los torturados, aún vivos, y llenaban sendos vasos con su sangre caliente, la cual obligaban a beber, a guisa de ejercicio de entrenamiento (para extender el ansia de matar), a sus subalternos. Así como en Holocausto Caníbal, la famosa película de los años ochenta, este joven, sin ningún pudor, contó también que algunas veces tajaban trozos de muslos y de nalgas de los muertos para luego proceder a fritarlos y comerlos como práctica culinaria de sobrevivencia.

Lo más aterrador, nos recordó Hollman Morris en el epilogo de su reportaje, es que todo esto sucedió muy recientemente en el departamento del Putumayo, tal vez la región del país con más presencia militar y donde se han invertido muchos de los millones que Estados Unidos ha enviado para el Plan Colombia.

El joven, quien dijo ser hijo de una profesora de literatura y haber estudiado un año de sociología y un semestre de sistemas antes de enrolarse como paramilitar, aseguro que siempre actuaban en manguala con el ejército, con el que se comunicaban a través de radios y el que actuaba en la retaguardia mientras ellos eran la fuerza de choque.

Vale la pena preguntar: ¿Qué va a hacer el gobierno de Uribe con esos sicópatas que eran utilizados por el paramilitarismo para violar, torturar y desmembrar a sus victimas? ¿Dónde va a guardar el gobierno a esos “garavitos” descuartizadores, profanadores absolutos de la dignidad del prójimo? Que bueno sería que el siquiatra-humanista Luís Carlos Restrepo, nuestro acreditado Comisionado de Paz, les exigiera a Mancuso, a Macaco, a Jorge Cuarenta y a los demás jefes desmovilizados que los señalaran también, así como lo han hecho debidamente con políticos y empresarios cómplices, para que el gobierno no los deje salir a la calle a seguir, muy seguramente, haciendo lo que saben hacer guiados por sus ignominiosas y patológicas pulsiones. ¿Acaso no se darán cuenta estos comandantes reinsertados y los miembros del gobierno, que frente a este tipo de monstruos desequilibrados mentales corren riesgo hasta sus propios hijos?

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miércoles 3 de septiembre de 2008

ZIDANE, UN CABEZAZO A NUESTROS ENTUSIASMOS VACIOS



Estanislao Zuleta llamaba “entusiasmos vacíos” a todos aquellos eventos en los que las personas no participamos directamente sino que estamos ahí como simples e insignificantes espectadores; pero lo estamos de una manera tan comprometida y con un apasionamiento y una exaltación tales, que terminamos asumiendo triunfos o fracasos ajenos como si fueran nuestros. Eso exactamente es lo que nos ocurre con el fútbol, espectáculo de masas capaz de concentrar miles y miles de fanáticos delirantes alrededor de una cancha en los estadios, o frente a los televisores de todo el mundo, para ser contemplado de manera casi siempre frenética, compulsiva y exasperada.

Pienso que los entusiasmos vacíos tienen un reverso. En el fútbol, por ejemplo, los jugadores, que son los que verdaderamente participan del evento, obteniendo reconocimiento mundial y convirtiéndose en héroes o villanos según el resultado del encuentro; devengando gruesas sumas de dinero y disfrutando de la fama y el poder mediático que los espectáculos de masas otorgan en época de globalización y mercantilismo, sin embargo, a pesar de ser los únicos y directos implicados, deben pagar un alto costo: estar en la mira de aquellos que de una u otra forma creemos que también hacemos parte de los equipos: sus fanáticos entusiastas.

El caso Zidane-Materazzi, en la final del torneo mundial de fútbol 2006, no es más que prueba de ello. Miles de espectadores y televidentes observamos estupefactos como estos dos jugadores, cada uno por su lado y a partir de sus propias aspiraciones personales, buscaron cambiar el rumbo del trascendental encuentro futbolístico que definía en manos de qué país quedaba la copa mundial; el uno, tratando de sostener su imagen de jugador impecable próximo a la gloria del retiro, y el otro, intentando, no importaba como, obtener también el protagonismo y la fama del primero procurando que éste perdiera la cordura.

Pienso que a todos se nos olvidaron algunos aspectos importantísimos a la hora de ver dicho encuentro. Primero: esto no es más que un juego, tan intrascendental como cualquiera otro, así los organizadores, partícipes y espectadores, con vehemencia y solemnidad, quisieran hacer ver y llegáramos a creer lo contrario. Segundo: en dicho juego, por significativo que resultara para tanta gente en el mundo, los jugadores eran los únicos responsables de lo que sucediera en la cancha, de tal manera que el fracaso o el triunfo les concernía solo a ellos. Tercero: los frutos del espectáculo, tal y como ocurre en los conciertos, que también son otra forma de entusiasmo vacío, los reciben solo quienes participan directamente de él, ya que los espectadores lo único que obtenemos es el pequeño e insignificante placer de ver jugadas y movimientos que muy seguramente jamás hemos realizado o nunca podremos realizar (pero que en el fondo quisiéramos hacer); o de escuchar tonos, melodías y voces que estamos muy lejos de poder lograr si lo intentáramos como cantantes.

Sin embargo hay que reconocer que dichos entusiasmos dan no solo que sentir sino también, y esto es lo más importante, mucho que pensar. Todo lo humano da para pensar, y el fútbol, espectáculo de confrontación, lucha y encuentro antagónico sí que da para hacerlo. Por eso quiero atreverme a opinar acerca de lo que puede llegar a representar, al menos si lo miramos filosóficamente, el hecho de que en una final de un torneo mundialista, el jugador más aclamado y ovacionado terminara despidiéndose con un acto de violencia, para salir, como niño que la embarró, por la puerta de atrás.

“En la puerta del horno se quema el pan”, decía un viejo y curtido profesor de literatura en el colegio donde terminé mi bachillerato; y yo, a quien él había concedido la libertad pedagógica de controvertirlo, siempre le objetaba: “un acto no define a un hombre lo suficiente como para, por él, considerarlo quemado”.

Un acto no define a un hombre, sigo pensando todavía, y mucho menos cuando es el resultado de la provocación de un competidor capaz de utilizar la ofensa y el insulto como estrategia desestabilizadora del contrincante. Esto no quiere decir que esté deacuerdo con el polémico cabezazo (Zidane devolvió daño cuando solo había recibido ofensa) que el jugador galo le pegó en el pecho a su rival italiano, lo que quiero decir es que en un mundo humano es muy natural y resulta razonable que los humanos lleguemos a descomponernos y a romper por instantes ese endeble barniz o capa protectora al que llamamos civilización.

Todos presuponemos que los hombres civilizados, es decir, educados, no utilizan la violencia como respuesta a los incultos o incivilizados: se supone que utilizan la inteligencia, el buen sentido del humor o la ironía. Pero esto no es más que una ingenua y optimista suposición que nace del deseo inherente a cada persona de no ser, bajo ningún punto de vista, un animal.

Pero gústenos o no, eso somos. Por desgracia esa entelequia que aparentemente nos aleja o aísla de la bestia que todos llevamos dentro, se rompe, a veces por motivos a simple vista insignificantes, cual membrana frágil y vulnerable dejando escapar, así sea por unos instantes, a ese ser primario e instintivo que se esconde o que más bien pretendemos esconder detrás de ella: el hominoide capaz de reaccionar con ferocidad y violencia brutales. Todos sabemos que las cárceles están llenas de Zidanes que en vez de cabezazos respondieron a alguna ofensa, burla o insulto, con porrazos, cuchillazos o balazos.

Pero por fortuna esa membrana tiene la particularidad de regenerarse y repararse automáticamente, a veces, volviéndose un poco más fuerte, otras tornando a ser tan débil como era antes pero en todo caso recubriendo al animal. Parece que la educación ha representado para la humanidad un ejercicio de fortalecimiento y engrosamiento de esa endeble capa protectora, pero nunca jamás la ha logrado hacer invulnerable. Ya que el hombre es el único animal capaz de volver sobre sus propios actos para ver que tanto ha perdido o ganado en su lucha constante por llegar a ser humano, la reflexión nos permite suponer (nunca garantizar) que un error no se cometerá de nuevo, sobre todo si se ha pensado lo suficiente sobre sus causas y sus efectos. Esto se hace aun más eficaz cuando se pide excusas o perdón según el tipo de daño infringido al ofensor, a quien le sucede lo mismo, ya que si bien es cierto que una ofensa es mas tolerable que un daño (pues solo se gesta en la mente, ego, yo o conciencia del ofendido), el hecho de haber sido desencadenante de furia y violencia la hace, sin embargo, también responsable.

Pienso que es muy bueno que sucedan estas cosas, por lo instructivas y pedagógicas que nos pueden resultar. De ellas aprendemos, por ejemplo, que debemos educarnos para no confundir ofensa con daño y no terminar dañando a otros por simples palabras desagradables dichas para desestabilizar el ánimo. También nos hace recordar que no somos más que unos animales inconclusos e indefinidos pero cuyo carácter perfectible y posibilitado (no perfecto y acabado como hubiesen querido que fuera Zidane algunos de sus ingenuos seguidores), es la excusa más valida para perdonar errores cometidos en la obligada convivencia con los otros.

Albert Camus, quien nunca habló del fútbol como un entusiasmo vació, veía en éste masificado deporte un ejercicio de filosofía moral, es decir, de entendimiento y de sana convivencia en medio de las tensiones que implican la confrontación entre bandos distintos, diversos, plurales y antagónicos. La final del Mundial 2006 en Alemania le volvió a dar la razón a este honesto filósofo, quien por cierto también era francés con profundos vínculos norteafricanos. Zidane, por su lado, le dio la razón también a Estanislao Zuleta, pues con su cabezazo no solo tumbó a Materazzi, también le dio un golpe bajo a nuestros entusiasmos tan vacíos.
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miércoles 13 de agosto de 2008

¿QUE ES UN SISTEMA DE CREENCIAS?

Todos los seres humanos, sin excepción, somos poseedores de un sistema de creencias. Lo hemos ido adquiriendo desde pequeños y en torno a él gira nuestra percepción de la vida, del mundo y de los demás. El sistema de creencias es la fuerza que condiciona y ejerce influencia sobre la personalidad, los hábitos, los gustos, las manías, las ambiciones, los sentimientos, los defectos, las virtudes y todos los demás aspectos que componen la pluridimensionalidad de nuestro ser.

La filosofía, en todas las épocas, ha manifestado un profundo interés hacia los sistemas de creencias tratando de determinar la manera como dichos sistemas intervienen, para bien o para mal, en la vida humana. Podemos afirmar que todo aquello de la realidad que de alguna forma nos suscita interés, es asimilado a la luz de nuestro propio sistema de creencias. Por eso siempre se ha dicho que el mundo no es como es, si no como somos. Lo interesante de la filosofía es que nos permite comprender no solo lo que creemos si no también cómo hemos llegado a creerlo, por qué lo creemos; y lo que es más importante, qué tan positivo o negativo es lo que creemos para el devenir normal de nuestra existencia. Esto porque a veces uno puede creer cosas que simple y llanamente le obstaculizan la vida o se la obstaculizan a los demás.

Tal vez lo más interesante de las creencias es que cada cual tiene las suyas, es decir, existen miles de ellas y todas son variadísimas y hasta antagónicas entre sí. Pero cada persona cree que es precisamente su sistema de creencias el único y verdadero frente a los otros sistemas, que simplemente, por ser distintos, están errados. Poco nos percatamos de que por sensato o razonable que lleguemos a considerar lo que creemos, siempre habrá alguien que crea lo contrario y que también tenga razones para ello. Hoy día, por ejemplo, casi todo el mundo está deacuerdo en que a nadie se le debe perseguir o matar por sus creencias, sin embargo, es muy común ver que a mucha gente la desplazan o la matan simplemente porque piensan o creen lo contrario a lo que piensan o creen sus adversarios. Si hay algo que identifique y equipare a los distintos bandos en cualquier conflicto es que cada cual cree que el otro está completamente equivocado.

El problema es que desde muy pequeño a uno le hacen creer que las creencias son parte esencial de nosotros mismos y que así como uno siempre será uno (yo, y no tú o él) de la misma manera, lo que uno cree debe conservarse inamovible: la fe religiosa, los apegos domésticos y culinarios, la adhesión política, las formas de obtener placer, etc. Nefasto error que la filosofía viene a develar si atendemos a la razón: las creencias no son otra cosa que convenciones sociales, subjetivas, caprichosas y temporoespacialmente relativas; tan volubles y veleidosas como nosotros mismos. Por eso pienso que el aporte más grande que la filosofía le ha dado a la humanidad a través de los siglos es la “certeza absoluta” de que todo lo que uno cree puede estar, simple y llanamente, equivocado.

Al contrario de lo que muchos puedan pensar, no estoy haciendo una apología del relativismo moral, el cual sostiene que lo bueno y lo malo son relativos y se pueden acomodar a las creencias de cada cual. No, por el contrario, lo que quiero decir es que si existe un absoluto moral que valga la pena reconocer, es precisamente el que impone la categórica necesidad de saber que cada cual, siendo libre de creer en lo que le de la gana, debe dejar una grieta en sus creencias a través de la cual se infiltren las creencias ajenas para recordarle que los demás también existen y que ninguno tiene derecho a hacerles daño o a fustigarlos por el simple hecho de creer distinto.

Me atrevo a asegurar que las personas mas honestas y honradas que he conocido en todos los ámbitos de mi interés, son precisamente aquellas que cuando hablan de sus creencias dejan la sensación de que si bien creen lo que creen, sin embargo podrían estar equivocadas. Por eso hay algo que no deberíamos olvidar nunca: lo que importan son los seres humanos, sus vidas y sus derechos, no lo que prediquen o pontifiquen, así crean que lo hacen en nombre de la Verdad o de la Divinidad (que por cierto, como diría Fernando Savater, habría que escribirlas en plural y con minúscula, ya que cada cual tiene la que mejor le avenga).

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LO QUE ES CREENCIA Y LO QUE ES VERDAD

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Nunca está de más, aunque perturbe (sobre todo a los más fanáticos, dogmáticos e intolerantes de toda laya), recordar la profunda diferencia que existe entre lo que pertenece al ámbito de las creencias y lo que debe ser entendido como verdad. Esto, porque siempre ha sido muy común que se ande pontificando, adoctrinando y predicando, como si fueran verdades, cosas que a lo sumo solo pueden catalogarse como simples y llanas creencias.

Y es que creencia y verdad son dos acepciones tan distintas que una vez diferenciadas a la luz del entendimiento, hay que ser muy obtuso e ingenuo para seguirlas confundiendo, o muy pícaro y timador para continuar propiciando tan gigantesca y peligrosa confusión. Siempre he pensado que todo buen profesor de filosofía debe empezar por aclararle a sus alumnos este desarreglo conceptual, para que sepan distinguir, desde las primeras clases, entre su propio sistema de creencias y el sistema de verdades que, amparándose en la realidad y a través de la ciencia y la tecnología, el ser humano ha venido construyendo desde que empezó a filosofar, es decir, a separar la fe de la razón.

Veamos: creencia no es más que suposición, presunción, opinión, prejuicio, dogma, antojo y otras cosas por el estilo que se profesan hacia algo o por algo sin que ese algo haya sido en ningún momento demostrado o evidenciado; entendiendo por demostración o evidencia la puesta en escena de una realidad, que de la manera más segura y concreta, confirme su veracidad y su valía ante las exigencias de la razón. Verdad, en cambio, no es otra cosa distinta a la firme concordancia entre lo que se dice o se piensa a cerca de algo y la realidad que viene a confirmarlo. Mientras que las creencias no se pueden comprobar, las verdades siempre lo son precisamente por haber sido probadas.

Esto quiere decir que mientras no se acompañe de alguna realidad que la corrobore y coteje, toda creencia, por arraigada que esté y por mucho respeto y veneración que exija; o por demasiado que se la predique como revelada o inspirada milagrosamente por la más magnífica y tradicional de las divinidades, no es más que simple ilusión y fantasía; y si se pudiera llegar a sustentar con realidad, entonces ya no sería creencia si no que se convertiría en verdad, y la verdad, como es obvio, no necesita creyentes, ni predicadores ni prelados para ratificarse como cierta. Por eso es que uno jamás encontrará a nadie diciendo que es creyente en los árboles, o en las piedras, o en los aguaceros, o en los terremotos, ya que estas cosas no necesitan de creyentes para existir como realidades; pero sí se topará, en cambio, con creyentes místicos y fervorosos capaces de sacrificar su vida o de quitársela a otros, a partir de la obcecada y fanática fe en ángeles, demonios, dioses, paraísos y demás quimeras por el estilo, cosas que solo existen en la mente de quien cree en ellas y que son físicamente imposibles, científicamente improbables y filosóficamente absurdas.

Lo que más sorprende es la manera tan necia como algunos ponen a competir la verdad con las creencias. No falta el relativista ingenuo o el fanático atolondrado que se atrevan a afirmar, a veces de la manera más exaltada (casi siempre en nombre de alguna fuerza sobrenatural que supuestamente se los dicta y los autoriza), que esa tal cosa llamada verdad no es si no una alternativa más dentro del variopinto sistema de sus caprichosas creencias... Y ahí vamos, en pleno siglo XXI, desconociendo la ciencia, desestimando la tecnología y dándole la espalda a un mundo nada sobrenatural en donde solo hay realidad y por ende verdad; y en el que las creencias solo sirven para consolar a los más incautos o para enriquecer y dar “prestancia” a los más vividores.

Aunque no faltará el ilógico ofuscado que venga a asegurarme que creer en la efectividad de la verdad y en su sustentadora la realidad no es más que eso: una simple creencia.

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viernes 18 de julio de 2008

LO QUE ES OFENSA Y LO QUE ES DAÑO

Para Ludwig Wittgenstein y demás pensadores positivistas lógicos, la filosofía es, ante todo, una actividad consistente en disipar y corregir confusiones provenientes del uso impreciso del lenguaje. A mí, personalmente, siempre me ha resultado apremiante aclarar malentendidos y vaguedades lingüísticas, sobre todo, aquellas que se prestan para situaciones a veces sumamente molestas y otras tristemente nefastas.

Empecemos por reconocer que dichas confusiones hacen parte de nuestra cotidianidad, pero que afortunadamente podemos no solo identificarlas si no también dilucidarlas (los filósofos llaman a esto hacer análisis crítico del lenguaje). Voy a dedicar unos cuantos artículos para mostrar algunas de estas confusiones fundamentales, enfatizando las diferencias significativas que tienen los conceptos y la manera como el conocimiento de dichas diferencias puede hacernos más llevadera la vida, especialmente cuando se trata de nuestra necesaria convivencia con los otros. Esto, porque creo que muchas veces el trato con los demás (quienes nunca estarán de más) se nos hace sumamente complicado cuando andamos confundiendo, por ejemplo, las creencias con las verdades, los privilegios con los derechos, el miedo con el respeto, la posibilidad con la realidad, la identidad con la igualdad, la jerarquía con la superioridad, ó, tema que trataré hoy, la ofensa con el daño.

Analicemos la recurrente confusión entre ofensa y daño, la que considero de suma importancia clarificarle siempre a los niños, para que cuando sean grandes no cometan el error que muy comúnmente cometemos los adultos: devolver daño cuando solo hemos recibido ofensa.

Es muy común escuchar afirmaciones como estas: “Hirió mi susceptibilidad”, “Sus palabras me lastimaron”, “Esas frases fueron demasiado hirientes”, “Su tono fue muy cortante”, “Sufrí maltrato verbal”… Si sometemos estas expresiones al análisis crítico, descubrimos sin esfuerzo que resultan absurdas e imprecisas ya que en ellas se confunden las funciones lógicas y formales del lenguaje con las condiciones materiales de la realidad. ¿De qué color es la sangre de la susceptibilidad y dónde queda éste órgano?, ¿Cómo son las heridas o lastimaduras producidas por las palabras y los verbos?, ¿De qué forma se le saca filo al tono de voz para que resulte bien cortante?, podríamos preguntar perplejos ante tan absurda confusión.

Una ofensa no es lo mismo que un daño, muy a pesar de que muchos se sientan supuestamente dañados por ella. Ofender no es más que insultar, burlar, afrentar, desairar, provocar, injuriar, difamar, criticar, poner en entredicho y otras acepciones como estas que se gestan y se desarrollan solo al nivel del lenguaje. Dañar, en cambio, es herir, golpear, fracturar, macerar, ultrajar, vejar, maltratar, estropear, deteriorar; y en fin, actos que se ejecutan y concretizan en el plano de lo físico. Mientras que las ofensas, por desagradables que nos parezcan, tienen la particularidad de ser efectivas solo en nuestra psique y, si y solo si, lo permitimos; los daños, en cambio, son realidades inevitables e irreversibles. Nadie se ofende en contra de su voluntad, aún, si uno quiere, puede devolver las ofensas con humor o irónica inteligencia, sin permitir siquiera que lleguen a incomodarlo. En cambio, cuando se trata del daño, lo único que uno puede hacer es procurar defenderse, ya sea oponiendo otro daño o huyendo prontamente a curarse las heridas.

Lo más raro es que en nuestro medio es muy común que la gente no solo se ofenda si no que se sienta dañada frente a un insulto, una burla, una crítica o cualquier otra forma de ofensa. Las cárceles están llenas de personas que devolvieron puñaladas o balazos cuando lo único que habían recibido era palabras desagradables. Los cementerios, por su lado, rebosan de personas que solo ofendieron a otros y a cambio recibieron el peor de todos los daños: fueron asesinadas.

Estoy convencido de que a los niños se les debe enseñar, desde muy pequeños, a construir una autodefensa moral que les permita manejar con criterio las ofensas sin terminar sintiéndose dañados por ellas. La verdad es que una mentalidad endeble y falta de discernimiento puede llegar a un grado tal de susceptibilidad y sensiblería, que confundiendo estos dos ámbitos, se sienta dañada frente a cosas que simplemente deberían ofenderle. En éste país, por ejemplo, muchos se ofendían por las cáusticas mofas del humorista Jaime Garzón, pero no faltó el descompensado mental que se sintiera no solo ofendido si no dañado por ellas y le devolviera a cambio el peor de los perjuicios: quitarle la vida.

Lo cierto es que en una sociedad democrática y plural (la nuestra pretende serlo), en donde priman los antagonismos, la diversidad y las diferencias, siempre, así no lo queramos, nos ofenderemos los unos a los otros. Ya sea porque pensemos distinto, creamos en cosas diferentes o vistamos siguiendo caprichosas modas, siempre habrá alguien a quien le disguste lo que somos. Sería muy importante que, como suele ocurrir en los países masivamente educados, aprendiéramos a no confundir más estos dos términos, para poder seguir ofendiéndonos sin llegar al extremo de matarnos.

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DE CÓMO SE PUEDE SER ESTUPIDO MUY A PESAR DE TENER LA RAZON, O SOBRE LA DIFERENCIA ENTRE SER RACIONALES Y SER RAZONABLES.


Ser racional es poseer la capacidad cerebral de aplicar todos los requisitos lógicos y formales del pensamiento correcto a la interpretación y conocimiento de la realidad. En este sentido, salvo en casos de trastorno mental, todos somos racionales y por ende podemos afirmar que todos, en cierta forma, tenemos la razón. Pero existen algunos que en vez de poseer la razón, más bien son poseídos por ésta: estos son los entúpidos morales.

La estupidez no es una medida o calificación intelectual (no es lo mismo ser estúpido que ser idiota o retrasado mental), es más bien una condición, un estado, una forma de ser, de comportarse; una categoría moral y existencial: la de aquellos incapaces de acoger en sus propios razonamientos, como igualmente válidos (no confundamos validez con certeza) y respetables, los razonamientos de los demás. Los estúpidos morales suelen tener tanta razón, o mejor, tanta fe ciega en sus razonamientos, que más bien pareciera que la razón los tuviese a ellos. Esto significa que lo que piensan, lo piensan de tal forma que, para ellos, “tener la razón” equivale a negar obcecadamente la razón de los otros, a quienes consideran errados, perdidos, condenados, y cuando más (como en el caso de algunos fundamentalismos étnicos, religiosos o políticos), inferiores inhumanamente hablando.

Cuando un estúpido razona, lo hace de tal forma que se olvida por completo que los demás seres humanos también lo hacen, cayendo en aquello que los filósofos suelen llamar “solipsismo”, y que no es otra cosa que el estado mental en el que se cree que la verdad empieza y termina dentro de los límites de la conciencia individual: yo pienso, yo existo, yo creo, yo opino, yo determino…y todos los demás “yoismos”.

Lo contrario de ser estúpido, no es ser racional, sino ser razonable, esto es, reconocer el gran abismo que separa la realidad pensada de la realidad vivida, es decir, la profunda diferencia que existe entre esas condiciones lógicas y formales del pensamiento y las condiciones materiales y reales del objeto pensado. Esto exige desconfiar de los propios razonamientos reconociendo que la verdad no es patrimonio exclusivo de unos cuantos privilegiados, si no más bien, un deber y un derecho de todos por igual.

Ser razonable es tener la capacidad de tender puentes comunicativos que unan los distintos puntos de vista para llegar al establecimiento de consensos que permitan un entendimiento real y una verdadera convivencia en medio del pluralismo y las diferencias. Diferencias que si bien nos hacen únicos, también nos identifican y nos unen ya que son connaturales a nuestra misma esencia humana. La historia está llena de razonamientos formal y lógicamente bien sustentados, pero que sin embargo propagaron el sufrimiento humano hasta los límites más inauditos al desconocer los argumentos contrarios. Así, por ejemplo, para los Cruzados nada fue tan racional como su intento de recuperar los escenarios de Cristo, sin embargo dicho intento dejó millares y millares de musulmanes masacrados racionalmente. De igual manera, para el Nacionalsocialismo alemán nada podía ser tan lógico como cerrarle el paso al poderío económico semita que empezaba a amenazar seriamente la soberanía del estado. Las consecuencias no pudieron ser más nefastas: una guerra mundial con más de cincuenta millones de victimas, entre ellas, seis millones de judíos sistemática y racionalmente asesinados.

En nuestro país nada pudo ser más racional que armarse con escopetas y machetes para conformar guerrillas que defendieran los intereses del pueblo ante un estado opresor, injusto y violento. Por el otro lado, quién podría negar la racionalidad del surgimiento de grupos de autodefensas para contrarrestar el accionar de las guerrillas desaforadas. Nada tan racional, tan formal y lógicamente sustentado como el origen de cada uno de los bandos. Pero al mismo tiempo nada tan estúpido como esta guerra fratricida que durante más de cuarenta años nos ha desangrando.

Lo más razonable en todos estos casos, hubiese sido ceder ante la razón más vital: El hecho real y concreto de la humanidad que en cada uno de nosotros subyace muy a pesar de las razones que pueden hacer creer lo contrario. Lo más entupido en todos estos casos ha consistido en creer que una sola versión de la realidad es suficiente para llegar a conocerla.

Quien quiera que adopte sus razones como verdades únicas e inapelables, quien quiera que no deje espacio en sus razonamientos para acoger en ellos los razonamientos ajenos, está condenado, así tenga toda la razón, a vivir las consecuencias de su estupidez moral.

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viernes 20 de junio de 2008

EPIGRAFES INTRODUCTORIOS

“En escuchar lo que nos dice algo, y en dejar que
se nos diga, reside la exigencia más elevada que se
propone al ser humano.
Recordarlo para uno mismo es la cuestión más
intima de cada uno. Hacerlo para todos, y de
manera convincente, es la misión de la filosofía ”
Gadamer


“Una de las ventajas que sacarás de la filosofía, será hacer, sin que te lo manden, lo que los insensatos solo hacen por temor a Dios o a las leyes”
Aristóteles.


“Soy otro de los que todavía piensan que la filosofía es el mejor antídoto contra la estupidez humana, ya que, a todas luces, resulta incompatible con el autoritarismo de los que tienen un ápice de poder y creen que con él pueden avasallar a los débiles e ingenuos; con la intolerancia de los que confunden el derecho a la diferencia con la diferencia de derechos; con el fanatismo de los que, ciegamente, identifican creencia con verdad; con el dogmatismo de los que creen saber que tienen la última palabra; con la superstición de los que prefieren lo sobrenatural inexplicable a lo natural entendible; y con otros desajustes de la conciencia, que nutren, fortalecen y dan forma a esa estupidez que tanto daño le ha hecho y le sigue haciendo a la humanidad.

… Míos, lo que se dice propiamente míos, son únicamente los atrevimientos y las impertinencias… no importa que estén de acuerdo y en alegre concordancia con lo que dijeron otros (de verdad) genialmente impertinentes y atrevidos”.
El autor.

ADVERTENCIA BÁSICA

Tengo la certeza, estimado lector; es decir, la adhesión firme de mi mente a ésta verdad sin temor a equivocarme, de que a través de la filosofía cualquier ser humano puede dignificar, exaltar y conservar su existencia más allá de los límites que le imponen su naturaleza, su genética, su herencia (que filosóficamente hablando abarca mucho más que la simple genética); también, sus circunstancias ambientales, sociales o domésticas; y, hasta sus mismas pulsiones de autodestrucción y de muerte. Y tengo esta certeza, porque cualquier curación, florecimiento, emancipación, despertar y perfeccionamiento de mi propia vida, sólo he podido hallarlos en la práctica constante del pensamiento racional; que es, en esencia, el objeto y el objetivo único y definitivo de esa actividad liberadora que los griegos legaron a occidente y que, según pienso, no pretende otra cosa que el “desnudamiento razonable” de nuestra humana realidad.

Por eso, el libro que tienes es tus manos, contiene los ecos y las resonancias de las “desnudadoras” voces de grandes filósofos que he consultado desde muy joven y que no sólo he comprendido sino que también comparto; hasta el punto, que me han ayudado a estructurar mi propia filosofía de la vida a la luz de muchos de sus invaluables razonamientos. Quienes me han escuchado sabrán que empecé, ingenuamente, a leer filosofía desde que era muy niño, pero la verdad es que sólo pude llegar a comprender el alcance y la importancia de lo que leía a partir de mi alta adolescencia, cuando me graduaba como bachiller en el Gimnasio del Pacífico de Tuluá, finalizados los años ochenta y a comienzos de la vigencia y actualidad de nuestra amada, aunque tantas veces desacatada, Constitución laica; cuyos más elevados y dignos preceptos, se basan, justamente, en trascendentales postulados filosóficos; y a cuyo amparo, ha podido ser publicado sin censura todo lo que contiene este libro.

Son ecos y resonancias de voces ajenas con las que he sentido la más profunda y edificante confabulación y consonancia. Son voces que por cómplices han dejado de ser ajenas para convertirse, con el tiempo, en mi propia voz. Son voces con las que me he identificado y que he asumido esta vez en forma de notas, ensayos y artículos periodísticos, para mi deleite y autocomplacencia, y espero que para el tuyo también.

Este libro es una selección de lo que he producido en los últimos años y que ha sido divulgado en las páginas de algunos periódicos y medios culturales, como el semanario El Tabloide, bajo la orientación de doña Nilsa López de Espejo; en él, salieron a la luz algunos de mis primeros apuntes en su Tribuna Pública, con mucha mas extensión de lo que el restringido espacio permitía. Otros textos fueron divulgados en el informativo La Expresión, de José Arbey Sánchez, cuya vocación periodística y editorial siempre ha trascendido los límites de sus propias capacidades económicas. En la revista Primacía Cultural de la obstinada Ángela Chaguala y en la revista virtual http://www.revistadiezdedos.com/ de los hermanos Norman y Mauricio Muñoz Vargas (quienes junto con ella conforman un importante trío de divulgadores culturales con los que cuenta Tuluá en estos tiempos), también fueron publicados muchos de estos textos. En el semanario La Variante, de la familia Russi, he publicado últimamente algunas de mis reflexiones a guisa de artículos de opinión, subeditoriales y editoriales. Todos ellos le han dado alas a mis reflexiones para salir de la reclusión de mi escritorio. El agradecimiento hacia el medio periodístico es inmenso y me acompañará mientras viva. Otras divagaciones de diferente tiempo y espacio hacen parte de los recuerdos de “algunos pocos buenos amigos”, como decía el remembrado Andrés Caicedo.

Doy gracias a quienes disfruten leyendo los textos que contiene este compendio y gracias a los otros, a quienes este libro se les caiga de las manos para ser reemplazado por otro trabajo que consideren verdaderamente edificante y por ende digno de consagrarle su tiempo. Con ellos guardo también una cierta complicidad, pues al discriminar están usando su criterio para discrepar tal como yo lo hago con muchos textos que llegan a mis manos y con los que, definitivamente, no comparto afinidades.

Creo que a los jóvenes (de mente) les van a parecer provocadoramente incitantes algunas de las ideas que plasmo en estos escritos, tal vez por lo osadas, descarnadas o simplemente elementales y con las que abordo cada tema. Ideas que he ido decantando de aquí y de allá y que en su mayoría, obviamente, no son mías, pero que he sabido apropiar con cierto grado de maestría; al menos, a Fernando Savater (filósofo del que he leído y releído todas las obras que he logrado allegar a mis manos) le parecieron muy divertidos e interesantes; citarlo en las ideas que comulgamos y que he asumido, sería una tarea de cada página. Su opinión sobre mis escritos fue un decisivo acicate para atreverme a publicarlos en forma de libro.

Y dado que el tono de lo que se lee es tan importante como el contenido, siguiendo al Maestro Savater, he escogido, en la mayoría de estos textos, el tono coloquial, considerado y compinche de un buen amigo. Esto porque estoy convencido de que el mutuo reconocimiento de la inteligencia y el pleno ejercicio de la libertad, requisitos sine qua non de la amistad, solo se logran utilizando un lenguaje claro y sencillo. Por eso, si has llegado hasta este punto, es precisamente porque nos estamos entendiendo, ya sea compartiendo o divergiendo, y esto, te hace amigo. Complicidad intelectual, solían llamar los filósofos ilustrados a la amistad, amistad que para ser verdadera debe fundamentarse en la libertad de optar por darle al amigo el trato intelectual que uno estima propicio. Si continuas leyéndome es porque, en cierta forma, consideras que lo merezco.

No quiero ocultar que algunos de estos textos contienen la reproducción de párrafos enteros que he aprendido de memoria por lo profundos y contundentes; y que a duras penas he logrado olvidar y poner a debida distancia para luego intentar reescribirlos desde mi propia ambiciosa perspectiva y a partir de mis propios intereses. Palabras, ideas o teorías de Hobbes, LocKe, Spinoza, Kant, Voltaire, Kierkegaard, Stuard Mill, Jaspers, Marcel, Russel, Ricoeur, Bachelard, Foucault, Zuleta, Savater, Marinof, entre muchos otros, me han influenciado y prestado sus ecos para que yo ahora me atreva a replicarlas y compartirlas, atrevimiento que en últimas, no es otra cosa que el testimonio de lo que por ahora pienso y creo.

Este libro también contiene los ecos y las resonancias de las voces de esos “pocos buenos amigos” que he tenido en mi vida, y a quienes, a pesar de los inevitables distanciamientos temporo-espaciales, querré siempre. Hablo de Gustavo Álvarez Gardeazábal, el escritor de mayor renombre nacional e internacional que ha dado la Villa de Céspedes, y quien se metió en mi corazón por el hecho de tratarme como interlocutor válido cuando yo apenas era un simple adolescente atrevido, inconforme y rebelde. Hablo de Luz Edith Coy Perea, ser asombroso, a quien tributo mi más grande afecto y respeto, y quien fuera mi compañera de viaje por casi una década. Hablo de Héctor Mario Currea Prieto, ese vago rumiante de perplejidades con el que tantas conversaciones edificantes hemos tenido algunos privilegiados tulueños. Hablo de Heitor Alexei Betancourt, quien piensa y habla casi siempre en forma de aforismo. Hablo de José Edier Cardona del Río, mi hermano y confidente, tal vez una de las personas más inteligentes con las que tengo constante trato. Hablo de Lina Maria Quintero Nieto, compañera de viaje en estos últimos años, y quien ahora vuela sola. Hablo de Rubiano Leiva, el único poeta que ha entendido de verdad y sin cuestionamientos mi platónica animadversión hacia la poesía. Y hablo también de mis alumnos y exalumnos de la UNIVALLE Sede Tuluá y de la UCEVA con quienes he disertado sobre algunos de mis pensamientos e ideas, a quienes consideraré siempre mis amigos, aunque a muchos, haya dejado de verlos. Mis ex alumnas de la Institución Educativa Julia Restrepo de Tuluá, inspiraron también muchos de los contenidos de estos textos. Al Maestro, Jorge Restrepo, quien empieza a trascender las fronteras colombianas con su gran obra pictórica, y quien diseño la caratula de éste libro, le debo algo más que horas de edificante parlamento.

Todos ellos hablan también a través de mis escritos. Ellos y muchos más: mis mejores profesores de la Universidad Santo Tomás, por ejemplo. Todavía guardo sus libros y, aunque ya no los releo, los conservo como reliquias. Eudoro Rodríguez Albarracín, quien a mi parecer ha escrito la mejor introducción a la filosofía en perspectiva latinoamericana, es uno de ellos. A él y a los demás maestros de dicha universidad, algunos ya fallecidos, les debo también muchas de las ideas que encontrarás desarrolladas en este compendio.


No te quiero cansar más, querido lector amigo, con esta advertencia preliminar que pretendía ser más corta y que resultaría extensísima si contuviera los nombres de las personas inteligentes, casi todas ellas amantes de la filosofía, que he leído o escuchado a lo largo y ancho de mi convulsionada vocación filosófica, y quienes en últimas, son las verdaderas instigadoras de todo lo que hoy en día pienso y escribo. Ojala que sus desnudadores ecos y resonancias también repercutan en ti a través de este sencillo trabajo, mi primer atrevimiento editorial, y que también lo mejor de sus voces se quede en ti, como se ha quedado en mí, resonando para siempre.



http://jrestrepo.blogspot.com/

A MANERA DE INTROITO por Gustavo Álvarez Gardeazábal

Ser filósofo a estas alturas del partido, cuando los estudiosos del humanismo ni hacen política ni escriben en los periódicos ni tienen programas de televisión, puede ser una demostración de incomprensión de la realidad. Estudiar filosofía y tratar de enseñarla dentro de los reducidos y apergaminados márgenes del ejercicio docente colombiano, puede ser una demostración de habilidad suprema.


Escribir sobre filosofía en una ciudad que solo lee EL TABLOIDE es sin duda una hazaña y como tal quien lo haga está demostrando unas capacidades intelectuales muy superiores a las del común. Pero intentar vertir en solo dos cuartillas visiones filosóficas sobre el acontecer contemporáneo y publicarlas cada ocho días, es algo peor.


Para que no quede duda del personaje, este libro trata de reunir todo eso dentro de sus páginas. Si bien se trata de un acumulado de las notas periodísticas inverosímiles que insiste en publicar cada semana en un semanario cuasiclandestino y que además se regala, y de una que otra observación metodológica sobre la enseñanza de la filosofía, su lectura juiciosa obliga a pensar seriamente en que Tuluá puede estar ante una cantera inexplorada o ante un ser incomprendido.


No creo empero que ninguna de esas dos hipótesis encajen en la personalidad de Juan Leonardo Cardona del Río. Para mentes perversas como la mía, lo que se deduce después de usar los crueles tamices de la vejez, es que hay un humanista en ciernes. La idea del conocimiento como metodología que encierra el autor en casi todos sus párrafos (y hay quienes dicen que en sus actos de vida pública y privada) no parece tener límites para él. Su sed de camello dromedario quiere abrevarse en cuanta fuente le permita generar la ilusión de calmarla. Puede ser leyendo algún texto perdido en su biblioteca imaginaria de antiguo monje mínimo o simplemente asumiendo la incapacidad de vivir la realidad tal cual es. Quiere saber más, mostrando que solo él sabe.


Explicar entonces la incongruencia de un país convulsionado en su modorra o atacar la voz de los púlpitos porque sigue siendo tan dañina como la acelerada y gimiente escandalera de los pastores cristianos por la radio, hace parte de ese humanismo medioeval que en pleno siglo 21 a orillas del río Tuluá queda muy pero muy difícil desarrollar.


Pese a ello Juan Leonardo se atreve en este libro a desmentirnos en tal afirmación. Más aún, lo demuestra en muchos de sus textos aunque sea eso exactamente lo contrario de lo que él pretende al publicarlo. Batalla, como todos los humanistas desde antes de Erasmo, por ser incomprendido, pero lo que consigue es llenar de luz a quien se le acerque. De nada le sirve lo estruendoso del titulo que le ha puesto al libro, como ya nadie conoce cual era el papel de los cartujos y acumulando barbaridades filosóficamente hilvanadas no se puede ganar pedestales de desprecio, repite la eterna historia de la humanidad frente al conocimiento.


Invitar a leer este libro es algo más que una provocación, es asumir como testigo de una gota de agua en el desierto de sapiencia que ha rodeado siempre a los tulueños.


Gustavo Álvarez Gardeazábal
El Porce, Junio de 2007

http://jrestrepo.blogspot.com/