A: Fernando Fernández Savater

Pienso que la drogadicción, al contrario de lo que muchos creen, no es una enfermedad sino un síntoma. No hay que ser psicólogo ni siquiatra para saber que las personas que pretenden aliviar sus males y sus dolores existenciales consumiendo alucinógenos, estimulantes o sicoactivos no tienen dicho consumo como enfermedad sino como paliativo a dichos males y dolores, los cuales, les impiden vivir tranquilamente y que en últimas resultan ser su verdadero padecimiento: la soledad, la melancolía, la descompensación afectiva, el sentimiento de abandono, el deseo de evadir la realidad, el juzgarse incomprendido, las inestabilidades psíquicas, la desesperanza adquirida y la necesidad de dependencia, hacen que muchos recurran a pincharse las venas, llenarse los pulmones de humo o atosigarse el estómago de alcohol, no al contrario, como pretenden hacerlo ver los promotores de la cruzada antidrogas, quienes por lo general, ni siquiera conocen las implicaciones antropológicas, sociológicas, morales y médicas del tema.
Por otro lado, creo que hay que ser muy tonto para suponer que el daño causado por las drogas ilícitas es peor y más grave que el causado por las drogas licitas. El alcohol y el cigarrillo, por ejemplo, causan más desastres físicos y morales a quienes los consumen compulsivamente que la marihuana o la cocaína a quienes las usan solo para procurarse placeres momentáneos o casuales. Sin embargo la campaña mundial contra las drogas “ilegales” ha llegado al extremo de satanizar hasta tal punto estas sustancias y a quienes las consumen que cualquier alcohólico empedernido o cualquier nicotinizado impío se creen mejores personas que un marihuanero esporádico. Esto sin tener en cuenta que cuando se trata de vicios de consumo, tanto legales como ilegales, el supuesto victimario y la victima son la misma persona y por ende todo juicio moral y jurídico resulta filosóficamente inválido.
Todos sabemos que la “legalización” o “ilegalización” de la realidad es una estupidez, ya que lo que siempre ha existido, existe y existirá (hablo de lo que no ha sido creado por el hombre sino que hace parte de la naturaleza), rebasa los límites del autocomplaciente pero imposible control que los seres humanos pretendemos tener sobre el mundo. Llegar a ilegalizar la marihuana, por ejemplo, es tan ridículo como ilegalizar el mar, en el que se ahoga tanta gente, o el sol que quema la piel y mata a miles con el cáncer que provoca. La marihuana, el mar y el sol, son cosas que están ahí, independientemente de que nos gusten o no, y lo único que podemos hacer es informarnos sobre qué son estas cosas y cómo se vinculan, para bien o para mal, con nuestra condición de humanos. Además es justo entender que las drogas hoy prohibidas y perseguidas no fueron ilegalizadas por la cantidad de muertes que causaban, ni por el negocio criminal que representaban; fueron prohibidas por razones políticas, económicas o religiosas y después de prohibidas causaron muchas muertes, destrozaron muchas familias y dieron lugar al nefasto negocio del narcotráfico.
Además hay otra cosa que no debemos desconocer: la encarnizada y enceguecida lucha en contra de las drogas reproduce solo anhelos e intereses de tipo político, económico o religioso, no científico ni moral. Al fin de cuentas, uno bien puede consumir drogas de las consideradas ilegales como sedante o como coadyuvante en el tratamiento de dolencias físicas (tal puede ocurrir con la cocaína o la misma marihuana medicadas en algunos países) sin que esto se preste a reparos científicos; de igual manera debemos reconocer que consumir dichas sustancias únicamente por placer no es más que un acto de libertad y de autodeterminación que no debería admitir ningún tipo de replica moral ni jurídica siempre y cuando quien lo haga no perjudique ni dañe a nadie con su consumo. ¿Acaso hacer lo que uno quiere, sin dañar a otros, no es el derecho más indiscutible y respetable de los seres racionales y libres?
Es obvio que la despenalización (obviamente que lo más apropiado es hablar de despenalización y no de legalización) de las drogas ilícitas no solucionaría el problema de los endebles mentales y de los desadaptados a ultranza que encuentran en ellas un calmante a sus vacíos e inconformidades, pero al menos garantizaría la desaparición de la mafia, el gangsterismo, el traquetismo, la adulteración y toda la violencia estatal y civil que ha engendrado la lucha en contra de ellas a nivel mundial. Para ninguno con tres granos de sal en la mollera puede resultar desconocido el hecho de que nunca, ni un solo día desde que se prohibieron ciertas drogas, ha dejado de aumentar el negocio del narcotráfico y el número de crímenes y victimas con él relacionado.
Las drogas siempre estarán ahí y siempre serán usadas, ya sea como un tónico delicioso para los que dominan racionalmente el alcance de sus disfrutes y de sus placeres; o como un escape para los que no soportan la realidad o creen que solamente pueden soportarla dopándose. Creo que tanto los unos como los otros tienen derecho a usarlas, así como uno tiene derecho a tomar el sol achicharrador del medio día o a querer beberse el mar si le da la gana. Seamos sensatos: ¿Acaso existe alguien en este mundo que de verdad tenga el derecho a impedir que uno quiera remozar sus alegrías o sus tristezas atragantándose con vino; o que uno intente evadir sus angustias e incertidumbres fumándose de vez en cuando un “vareto”?. Al menos desde una perspectiva democrática y filosófica tenemos que responder con un rotundo e inapelable ¡No!
A los policías y demás controladores y supervisores del prójimo habría que recordarles constantemente que en una democracia de verdad su deber es prevenir y castigar los crímenes no perseguir los vicios y los hábitos individuales y que solo afectan a quien los practica. A los autoproclamados adalides de la loable lucha contra el sufrimiento ajeno habría que recordarles también que tienen derecho a ayudar, pero solo a quien voluntariamente les pide ayuda. Por eso los países que han despenalizado el consumo de drogas son los que al mismo tiempo más educan y previenen a sus ciudadanos sobre posibles consecuencias nefastas que puede acarrear su abuso, pero sin llegar a prohibir su uso ni a imponer tratamientos, ya que esto es un atentado contra las libertades individuales.
En conclusión, habría que reconocer que el verdadero abuso de las drogas lo cometen quienes las persiguen y proscriben, no quienes las consumen. Si un consumidor abusa del alcohol, por ejemplo, el problema no es del alcohol sino de quien no sabe ponerle las debidas talanqueras a su libertad a la hora de consumirlo. Aprender a ponerlas es un asunto eminentemente educativo, nunca, bajo ningún punto de vista, punitivo. Además, hay que reconocer que las drogas han acompañado a los hombres desde la antigüedad más remota y resulta ridículo suponer que van a desaparecer en el momento histórico en el que es más fácil producirlas y adquirirlas. Esto quiere decir que lo más sensato es aprender a convivir con ellas, sin traumas, sin prejuicios, sin contravenciones farisaicas y puritanas, sin tentaciones diabólicas y sin prohibiciones arbitrarias. Como dice Fernando Savater, quien tanto se ha ocupado de este tema a través de sus artículos periodísticos en el diario El País de España y de quien he tomado algunas de las mejores ideas aquí expuestas: “A las drogas les sobran mecenas, exorcistas, árbitros y curanderos... pero les faltan desmitificadores”.
Por otro lado, creo que hay que ser muy tonto para suponer que el daño causado por las drogas ilícitas es peor y más grave que el causado por las drogas licitas. El alcohol y el cigarrillo, por ejemplo, causan más desastres físicos y morales a quienes los consumen compulsivamente que la marihuana o la cocaína a quienes las usan solo para procurarse placeres momentáneos o casuales. Sin embargo la campaña mundial contra las drogas “ilegales” ha llegado al extremo de satanizar hasta tal punto estas sustancias y a quienes las consumen que cualquier alcohólico empedernido o cualquier nicotinizado impío se creen mejores personas que un marihuanero esporádico. Esto sin tener en cuenta que cuando se trata de vicios de consumo, tanto legales como ilegales, el supuesto victimario y la victima son la misma persona y por ende todo juicio moral y jurídico resulta filosóficamente inválido.
Todos sabemos que la “legalización” o “ilegalización” de la realidad es una estupidez, ya que lo que siempre ha existido, existe y existirá (hablo de lo que no ha sido creado por el hombre sino que hace parte de la naturaleza), rebasa los límites del autocomplaciente pero imposible control que los seres humanos pretendemos tener sobre el mundo. Llegar a ilegalizar la marihuana, por ejemplo, es tan ridículo como ilegalizar el mar, en el que se ahoga tanta gente, o el sol que quema la piel y mata a miles con el cáncer que provoca. La marihuana, el mar y el sol, son cosas que están ahí, independientemente de que nos gusten o no, y lo único que podemos hacer es informarnos sobre qué son estas cosas y cómo se vinculan, para bien o para mal, con nuestra condición de humanos. Además es justo entender que las drogas hoy prohibidas y perseguidas no fueron ilegalizadas por la cantidad de muertes que causaban, ni por el negocio criminal que representaban; fueron prohibidas por razones políticas, económicas o religiosas y después de prohibidas causaron muchas muertes, destrozaron muchas familias y dieron lugar al nefasto negocio del narcotráfico.
Además hay otra cosa que no debemos desconocer: la encarnizada y enceguecida lucha en contra de las drogas reproduce solo anhelos e intereses de tipo político, económico o religioso, no científico ni moral. Al fin de cuentas, uno bien puede consumir drogas de las consideradas ilegales como sedante o como coadyuvante en el tratamiento de dolencias físicas (tal puede ocurrir con la cocaína o la misma marihuana medicadas en algunos países) sin que esto se preste a reparos científicos; de igual manera debemos reconocer que consumir dichas sustancias únicamente por placer no es más que un acto de libertad y de autodeterminación que no debería admitir ningún tipo de replica moral ni jurídica siempre y cuando quien lo haga no perjudique ni dañe a nadie con su consumo. ¿Acaso hacer lo que uno quiere, sin dañar a otros, no es el derecho más indiscutible y respetable de los seres racionales y libres?
Es obvio que la despenalización (obviamente que lo más apropiado es hablar de despenalización y no de legalización) de las drogas ilícitas no solucionaría el problema de los endebles mentales y de los desadaptados a ultranza que encuentran en ellas un calmante a sus vacíos e inconformidades, pero al menos garantizaría la desaparición de la mafia, el gangsterismo, el traquetismo, la adulteración y toda la violencia estatal y civil que ha engendrado la lucha en contra de ellas a nivel mundial. Para ninguno con tres granos de sal en la mollera puede resultar desconocido el hecho de que nunca, ni un solo día desde que se prohibieron ciertas drogas, ha dejado de aumentar el negocio del narcotráfico y el número de crímenes y victimas con él relacionado.
Las drogas siempre estarán ahí y siempre serán usadas, ya sea como un tónico delicioso para los que dominan racionalmente el alcance de sus disfrutes y de sus placeres; o como un escape para los que no soportan la realidad o creen que solamente pueden soportarla dopándose. Creo que tanto los unos como los otros tienen derecho a usarlas, así como uno tiene derecho a tomar el sol achicharrador del medio día o a querer beberse el mar si le da la gana. Seamos sensatos: ¿Acaso existe alguien en este mundo que de verdad tenga el derecho a impedir que uno quiera remozar sus alegrías o sus tristezas atragantándose con vino; o que uno intente evadir sus angustias e incertidumbres fumándose de vez en cuando un “vareto”?. Al menos desde una perspectiva democrática y filosófica tenemos que responder con un rotundo e inapelable ¡No!
A los policías y demás controladores y supervisores del prójimo habría que recordarles constantemente que en una democracia de verdad su deber es prevenir y castigar los crímenes no perseguir los vicios y los hábitos individuales y que solo afectan a quien los practica. A los autoproclamados adalides de la loable lucha contra el sufrimiento ajeno habría que recordarles también que tienen derecho a ayudar, pero solo a quien voluntariamente les pide ayuda. Por eso los países que han despenalizado el consumo de drogas son los que al mismo tiempo más educan y previenen a sus ciudadanos sobre posibles consecuencias nefastas que puede acarrear su abuso, pero sin llegar a prohibir su uso ni a imponer tratamientos, ya que esto es un atentado contra las libertades individuales.
En conclusión, habría que reconocer que el verdadero abuso de las drogas lo cometen quienes las persiguen y proscriben, no quienes las consumen. Si un consumidor abusa del alcohol, por ejemplo, el problema no es del alcohol sino de quien no sabe ponerle las debidas talanqueras a su libertad a la hora de consumirlo. Aprender a ponerlas es un asunto eminentemente educativo, nunca, bajo ningún punto de vista, punitivo. Además, hay que reconocer que las drogas han acompañado a los hombres desde la antigüedad más remota y resulta ridículo suponer que van a desaparecer en el momento histórico en el que es más fácil producirlas y adquirirlas. Esto quiere decir que lo más sensato es aprender a convivir con ellas, sin traumas, sin prejuicios, sin contravenciones farisaicas y puritanas, sin tentaciones diabólicas y sin prohibiciones arbitrarias. Como dice Fernando Savater, quien tanto se ha ocupado de este tema a través de sus artículos periodísticos en el diario El País de España y de quien he tomado algunas de las mejores ideas aquí expuestas: “A las drogas les sobran mecenas, exorcistas, árbitros y curanderos... pero les faltan desmitificadores”.













